Qué es el Proletariado

NMI: el siguiente texto es un capitulo del libro «Obreros y Capital» (1966) escrito por Mario Tronti (1931-2023). Perteneciente a la corriente de clase denominada operaismo, fuertemente afincada en la Italia de los años 60-70, Tronti aportó nuevas perspectivas desde el ámbito de las relaciones de clase y sus instrumentos de lucha de entonces (sindicatos y partidos), renovando una visión donde la clase no podía estar supeditada a instrumentos formales como son los partidos y sindicatos, y por el contrario, a través del estudio y análisis de las luchas de la clase proletaria, conectar con el espíritu autonómico de la misma y la superación de obstáculos enquistados por décadas en el corazón del pensamiento obrero.

Nos complace presentar un texto de análisis que inaugurara en esta web una discusión largamente pospuesta sobre que somos dentro de la estructura del modelo capitalista. Hoy, donde vivimos tiempos aciagos, los humanos-mercancía necesitamos revisar nuestra propia historia y comprender la deriva en la que nos encontramos. 

PD: las notas y bibliografía se han eliminado, pero se pueden consultar en el enlace de descarga en la biblioteca de la web (barra lateral derecha). 

 

 

QUÉ ES EL PROLETARIADO

Ya el propio Lukács colocaba como epígrafe en uno de sus repudiados ensayos de juventud estas formidables palabras de Marx: «No se trata de saber qué se propone temporalmente como meta este o aquel proletario, o incluso el proletariado en su totalidad. Se trata de sabes qué es (was es ist) y que estará obligado a hacer históricamente a su ser». En La sagrada familia, y frente a la crítica crítica, el obrero es mostrado como aquel que «crea todo», hasta tal punto que, incluso en sus creaciones espirituales, desenmascara toda crítica; los obreros ingleses y franceses pueden dar amplio testimonio de este hecho. «El obrero crea hasta al propio hombre…» Ya que es cierto que en el proletariado «el hombre se ha perdido a sí mismo», y, sin embargo, también es cierto que «a la vez no sólo ha adquirido la conciencia teórica de esa pérdida, sino que además se ve forzado por una indigencia… a rebelarse contra esa inhumanidad». La forma de esta rebelión surge al principio de la manera más evidente, más estridente, más repugnante del hecho de la pobreza, de la esencia contradictoria de la propiedad privada. Proletariado y riqueza son de hecho términos antitéticos, que se hallan en un único todo que los comprende.

La propiedad privada en cuanto propiedad privada, en cuanto riqueza, está forzada a conservar (erhalten) su propia existencia y con ello a conservar la de su término antitético, el proletariado. Este es el aspecto positivo de la antítesis, la propiedad privada que se satisface a sí misma. El proletariado, a la inversa, está forzado en cuanto proletariado a suprimirse (aufheben) a sí mismo y, con ello, al término antitético que lo condiciona, que lo convierte en proletariado, a la riqueza. Es éste el aspecto negativo de la antítesis, su perturbación interior (Unruhe), la propiedad privada disuelta y que se disuelve.

La clase del proletariado se siente de esta forma continuamente destruida en esta condición y, a su vez, con el fin de destruirla constantemente se rebela. «Es, para usar una expresión de Hegel, en la degradación (Empörung) la rebelión contra esta degradación.» De los dos términos antitéticos, el primero lucha por conservar la antítesis, mientras el segundo lucha por destruirla. «El propietario privado es el partido de la conservación, el proletariado el partido de la destrucción (destruktive Partei).»

La propiedad privada en su movimiento económico avanza hacia su propia disolución, pero sólo gracias a un desarrollo independiente de ella, no consciente para ella y que tiene lugar contra su voluntad. La propiedad privada avanza hacia su propia disolución «[…] sólo por el hecho de que ella misma produce al proletariado como proletariado… El proletariado ejecuta la condena que la propiedad privada se impone a sí misma al producirle». En este sentido, su meta, «su acción histórica, son trazadas de forma sensible e irrevocable en la situación de su evolución, al igual que ocurre en toda organización de la moderna sociedad burguesa».

En los Deutsh-Französische Jahrbücher [Anuarios francoalemanes] (Carta de Marx a Ruge, de septiembre de 1843) todo esto estaba ya claro y aparecía nítidamente expresado: «No es cosa nuestra (nicht unsere Sache) la construcción del futuro o de un resultado definitivo para todos los tiempos; pero tanto mas claro está en mi opinión lo que nos toca hacer actualmente: criticar sin contemplaciones todo lo que existe». No se trata de izar una bandera dogmática. Al contrario. Una abstracción dogmática es sobre todo el comunismo, como «manifestación (Erscheinung) refinada del principio humanístico, infectada por su antítesis, la realidad privada». No en vano el comunismo ha visto surgir ante si otras doctrinas socialistas, y hoy en día no es mas que «una realización particular, unilateral, del principio socialista». Y el principio socialista, a su vez, no es «sino un aspecto, referente a la realidad del verdadero ser humano». Sin embargo, nosotros debemos de ocuparnos igualmente del otro aspecto: el juicio sobre las cosas como son realmente y como existen. Se trata, por lo tanto, de «basar (anknüpfen) nuestra critica en la critica de la política, en la toma política de partido (Parteinahme in der Politik), o sea, en luchas reales [e] identificarla con ellas». De hecho, la posibilidad positiva de la emancipación se halla solamente «en la constitución de una clase con cadenas radicales (mit radikalen Ketten)», una clase que no reivindique para sí «un derecho especial» y que anuncie, con su propia existencia universal, la disolución de la sociedad como estado particular.

Cuando el proletariado proclama la disolución del orden actual del mundo no hace más que pronunciar el secreto de su propia existencia, ya que él es la disolución de hecho (faktische Auflösung) de este orden del mundo. Cuando el proletariado exige la negación de la propiedad privada, no hace más que elevar a principio de la sociedad lo que la sociedad ha elevado ya a principio del proletariado y se halla realizado en él sin intervención propia como (negatives Resultat) de la sociedad.

La revuelta obrera, entonce, en la medida en que avanza sobre este terreno práctico-material, adquiere un carácter cada vez más teórico y consciente.

Por lo pronto recuérdese la canción de los tejedores, «El juicio de sangre», esa atrevida consigna de lucha, en la que el hogar, fabrica, distrito, ni siquiera son nombrados; al contrario, el proletariado comienza gritando su oposición contra la sociedad de la propiedad privada en una forma contundente, violenta, cortante, sin consideraciones. El levantamiento de Silesia comienza precisamente donde acaban los levantamientos de los obreros franceses e ingleses: por la conciencia de lo que es el proletariado (mit del Bewusstsein über das Wesen des Proletariats).

En La ideología alemana partirá del principio de que «los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase». Y esta ley general tiene su última y máxima expresión particular en la sociedad moderna.

Por lo tanto, de una parte, una totalidad de fuerzas productivas que adoptan, en cierto modo, una forma material y que para los mismos individuos no son ya sus propias fuerzas, sino las de la propiedad privada, y por lo tanto sólo son las de los individuos en cuanto propietarios privados… Por otra parte, a estas fuerzas productivas se enfrenta la mayoría de los individuos, de quienes estas fuerzas se han desgarrado y que, por lo tanto, despojados de todo contenido real de vida, se han convertido en individuos abstractos y, por ello mismo, sólo entonces se hallan en condiciones de relacionarse los unos con los otros como individuos (miteinander in Verbindung).

El único nexo que todavía los une con las fuerzas productivas y con su existencia, el trabajo, ha perdido en ellos toda apariencia de manifestación personal. Su enemigo no sera unicamente el capitalista, sino también el propio trabajo. Su lucha es desde el principio una lucha contra la totalidad de la relación social. Estos son los «proletarios de la época actual»: una clase que, como está «condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad» se ve forzada «al mas resuelto antagonismo contra todas las demás clases»; una clase «formada por la mayoría de todos los miembros de la sociedad y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical (einer gründlichen Revolution)». En todas las revoluciones que han tenido lugar hasta la fecha jamás ha sido cuestionado de hecho el «modo (Art) de actividad». Siempre se trató únicamente de una diversa distribución de la actividad, de una nueva distribución del trabajo por otras personas, «mientras la revolución comunista se dirige contra el modo (Art) anterior de actividad, elimina el trabajo (die Arbeit beseitigt) y suprime la dominación de las clases al acabar con las clases mismas…». Un renglón cancelado posteriormente del manuscrito continuaba, después de «elimina el trabajo», con una definición interrumpida de éste como «(la moderna forma de la actividad la cual la dominación de la…)». Marcuse trata de justificar la gravedad de estas afirmaciones advirtiendo que lo que aquí aparece es la tradicional Aufhenbung, que al mismo tiempo que suprime restaura y así sucesivamente. Posteriormente advierte que la explicación es demasiado banal, y entonces piensa suprimir esta categoría del futuro que es el no-trabajo y restaurar la anticuada, filistea, reaccionaria idea de la felicidad. Pero aparte de esto, el discurso precedente concluye de la siguiente forma: tanto para la producción masiva de esta conciencia comunista como para su éxito, es necesario una transformación de la masa de los hombres que sólo puede producirse a través de un movimiento práctico revolucionario. «La revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrotada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba (die stürzende Klasse) quitarse de encima toda la vieja suciedad…»

La lucha teórica contra Proudhon provoca un salto notable en el análisis marxiano de estos problemas. De hecho, Miseria de la filosofía contiene las primeras, importantes, aunque todavía no satisfactorias, definiciones del concepto de clase. Las relaciones de producción, dentro de las cuales se mueve la burguesía, se presentan, no con un carácter único, simple, sino doble: en las mimas relaciones se produce tanto la riqueza como la miseria; se produce un desarrollo de las fuerzas productivas, al mismo tiempo que se desarrolla una fuerza productora de represión; se produce pues «la riqueza burguesa, es decir, la riqueza de la clase burguesa, que al aniquilar continuamente la riqueza de los miembros que integran esta clase producen un proletariado siempre creciente». Sobre esta base se desarrolla una lucha entre la clase proletaria y la clase burguesa: y esta lucha posee una historia propia, un desarrollo, una serie de fases evolutivas. «Se produce una lucha entre la clase proletaria y la clase burguesa, lucha que antes de ser sentida, percibida, apreciada, comprendida, confesada y proclamada en voz alta, se manifiesta previamente por conflictos parciales y momentáneos, por hechos subversivos.» Pero el desarrollo de la industria moderna lleva consigo, necesariamente, la aparición de las coaliciones obreras. Bajo esta forma se dieron siempre, de hecho, los primeros intentos de los obreros de asociarse entre ellos. Economistas y socialistas coinciden entonces en decir a los obreros: no os coaliguéis.

La gran industria aglomera en un lugar una masa de gentes desconocidas entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero el sostenimiento del salario, interés común que tienen contra el patrono, les une en una misma idea de resistir –coalición-. Así es que la coalición tiene siempre una doble finalidad: la de hacer cesar la competencia entre ellos, para poder hacer una competencia general contra el capitalista. Si el primer fin de resistir no ha sido más que el sostenimiento de los salarios, a medida que, a su vez, los capitalistas se reúnen con la idea de represión, las coaliciones, en principio aisladas, se organizan en grupos, y frente a todo el capital reunido, la defensa de la asociación se hace más necesaria para ellos que el salario.

En esta lucha, «verdadera guerra civil», se agrupan y desarrollan todos los elementos que serán necesarios para la futura batalla. Cuando llega a este momento, la asociación adquiere un carácter político.

En principio, las condiciones económicas habían transformado anteriormente la masa del país en obreros. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero no todavía para sí misma. En la lucha… esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política.

Llevada a su más alta expresión, esta lucha política de clase contra clase, entre proletariado y burguesía, «es una revolución política». «¿Hay que asombrarse de que una sociedad, fundada sobre la oposición de clases, termine en contradicción brutal, a un choque cuerpo a cuerpo como desenlace final?». El combate o la muerte, la lucha sangrienta o la nada: «la última palabra de la ciencia social…».

Cuando el II Congreso de la Liga de los Comunistas asigna a Marx y Engels la tarea de elaborar el Manifiesto, la totalidad de su contenido se hallaba ya en la mente de Marx. A la revolución burguesa de febrero responde como una auténtica descarga el programa de la revolución proletaria. «La vieja divisa de la Liga: “Todos los hombres son hermanos”, fue sustituida por el nuevo grito de guerra: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”». Muchos intelectuales, considerados estudiosos serios, predispuestos a admirar al Marx científico de El Capital, cierran los ojos molestos frente a las crudas páginas políticas del Manifiesto. Para nosotros, éste permanece como un modelo de intervención práctica del punto de vista obrero en la lucha de clases. El grito de batalla del que habla Engels no se encuentra solamente en la consigna final, sino en la construcción misma de todo el texto. «Pero la burguesía no sólo ha forjado las armas que le darán muerte; también ha engendrado a los hombres que manejarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios.» Y ello porque ésta es la clase de aquellos que son obligados a venderse por horas y que viven mientras encuentran trabajo y encuentran trabajo mientras su trabajo aumenta el capital. Así, pues, el proletariado atraviesa diferentes grados de desarrollo. Pero «su lucha contra la burguesía comienza con su propia existencia». Primero luchan los obreros aislados, uno a uno, posteriormente los obreros de una fabrica, es decir, aquellos que poseen una categoría dada en un lugar dado, contra el burgués aislado que los explota de forma directa. En este estadio, los obreros forman una masa dispersa a lo largo del país, una masa dividida por la competencia. Como masa se encuentran ya unidos, no por iniciativa propia, sino por la iniciativa de la burguesía , que para conseguir su propios fines políticos «debe poner en movimiento a todo el proletariado». En este largo estadio histórico los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos. Todo el movimiento de la historia se concentra en estos momentos en las manos de la burguesía. Cada victoria es una victoria de la burguesía. Pero con el desarrollo de la industria el proletariado se multiplica, se concentra, se nivela internamente, se unifica; crece enormemente su fuerza y con la fuerza la conciencia de ésta. El conflicto entre obreros y burgueses como individuos concretos desaparece para ser sustituidos por el enfrentamiento abierto entre las dos clases. Los obreros forman las coaliciones, se unen en asociaciones, con éstas impulsan las primeras formas de lucha hasta la violencia pura y simple de la sublevación. De vez en cuando vence, pero siempre y unicamente de modo transitorio. «El verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la cada vez más amplia unificación de los obreros». Las luchas locales se ponen en relación, se concentran en una única lucha de clases contra toda la burguesía de una nación. «Sin embargo, toda lucha de clases es una lucha política». Y es entonces cuando surge el problema de una «organización de los obreros en una clase y, con ello en un partido político…». Sólo en este momento el programa teórico de la revolución se convierte en algo prácticamente realizable. La condición más importante para la existencia y el dominio de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de sujetos privados, la formación y la multiplicación del capital. Y «condición del capital es el trabajo asalariado». El progreso de la industria, cuyo vehículo involuntario y pasivo es la burguesía, lleva necesariamente a la asociación de los obreros entre sí, a su «asociación revolucionaria». Con el desarrollo de la gran industria , desaparece bajo los pies de la burguesía el fundamento mismo sobre el cual produce y se apropia de los productos. «[Ésta] produce, ante todo, sus propios sepultureros (Sie produziert vor allem ihre eigenen Totengräber) .»

Muchas veces, tanto Marx como Engels, aluden al «acontecimiento decisivo» que tiene lugar en París el 13 de junio de 1849. Un mes antes ha concluido, para ambos, con una«gloriosa derrota», la experiendia de la Neue Rheinische Zeitung. La historia del periódico político ha terminado. Marx se encuentra en París. Desde allí, el 7de junio, escribe a Engels, que se halla voluntario en Kaiserslaurtern, con las tropas de Willich: «[…] nunca antes como en estos momentos ha estado tan cerca en París una colosal erupción del cráter revolucionario». El 11 de junio, Ledru-Rollin, jefe del partido de la Montaña, solicita a la Cámara poner bajo acusación a Bonaparte y su gobierno por violación de la Constitución. Se trata de una tentativa tradicional desde los tiempos de la Convención en adelante, de una insurrección parlamentaria, «una insurrección dentro de los limites de la razón pura». El objetivo es el que siempre persigue la pequeña burguesía democrática: «romper el poder de la burguesía sin desatar la acción del proletariado o sin dejarle aparecer más que en perspectiva»: el proletariado debía ser utilizado «sin que llegase a ser peligroso». En estas condiciones es natural que la consigna viva la Constitución no tuviese otro significado que el de abajo la revolución. Los delegados de las asociaciones secretas obreras, tras consultar entre ellos, hacían la única cosa razonable en aquel momento: obligan al partido de la montaña a comprometerse, le provocan para que franquee los limites de la lucha parlamentaria en el caso de que la solicitud de acusación sea rechazada. La solicitud de acusación es rechazada. Pero cuando en la mañana del 13 de junio, en los periódicos socialistas La démocratia pacifique y La réforme, leen la «proclama del pueblo», una apelación de los pequeñoburgueses al levantamiento de los proletarios, éstos rechazan adherirse y asisten pasivamente a la ridícula derrota de los demócratas.

Durante todo el 13 de junio, el proletariado mantuvo la misma actitud escéptica, aguardando a que se produjera un cuerpo a cuerpo serio e irrevocable entre el ejercito y la Guardia nacional democrática, para lanzarse entonces a la lucha y llevar la revolución más allá de la meta pequeñoburguesa que le había sido asignada… Los obreros parisinos habían aprendido en la escuela sangrienta de junio de 1848.

La batalla no se produjo. Las tropas regulares avanzaron con bayoneta calada contra la procesión pacifica de los guardias nacionales desarmadas. Solo de Lyón partió la señal, no recogida, de una sangrienta insurrección obrera: pero en este lugar «la burguesía industrial y el proletariado industrial se encuentran frente a frente», allí «el movimiento obrero no está encuadrado y determinado, como en París, por el movimiento general». En todas las demás provincias donde sonó el estallido, éste no prendió fuego, «fue un trueno sin rayo». El mismo 29 de junio siguiente escribía Marx en el Volksfreund: «En resumen, el 13 de junio es sólo la revancha del junio de 1848. Entones el proletariado fue abandonado por el partido de la Montaña, esta vez el partido de la Montaña ha sido abandonada por el proletariado».

«Si el 23 de junio de 1848 había sido la insurrección del proletariado revolucionario, el 13 de junio de 1849 fue la insurrección de los pequeñosburgueses demócratas, y cada una de estas dos insurrecciones fue la expresión clásicamente pura de la clase que la había protagonizado». El punto de partida se halla aún en junio de 1848: «el acontecimiento mas gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas». Por un lado, «la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeñoburgueses, el ejercito, el lumpenproletariado organizado como guardia móvil, los intelectuales (die geistigen Kapazitäten), los curas, la población rural». Por otro, en el frente opuesto, el proletariado, «que no tenia a su lado a nadie más que a sí mismo». La república burguesa triunfó. «Con esta derrota el proletariado pasa al fondo (in der Hintergrund) de la escena revolucionaria». Tratará de avanzar nuevamente cada vez que parece que el movimiento toma nuevo impulso, aunque lo hace con una energía cada vez más reducida y obteniendo resultados cada vez más insignificantes. Apenas uno de los estratos sociales superiores se convierte en fermento revolucionario, el proletariado establece con él una unión, y de esta manera comparte todas las derrotas que los diferentes partidos sufren uno tras otro. Los representantes más conspicuos del proletariado son poco a poco victimas de los tribunales; figuras cada vez más equivocas les sustituyen. El movimiento obrero oficial se abandona a experimentos doctrinarios, bancos de cambio públicos, asociaciones obreras secretas; al tomar este camino, «renuncia a transformas el viejo mundo con los grandes medios colectivos (Gesamtmitteln) propios de este mundo»; intenta conseguir la emancipación de los obreros «a espaldas de la sociedad, por la vía privada…y, por lo tanto, forzosamente, fracasa». Frente a la república burguesa, al descubrirse por fin que no existe otra cosa que el «despotismo absoluto de una clase sobre las otras clases», surge la necesidad y la urgencia de una coalición entre pequeños burgueses y obreros. »A las reivindicaciones sociales del proletariado se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta socialista. Así nació la socialdemocracia (Sozial-Demokratie)». A partir de este momento, el objetivo revolucionario pasa a ser «la transformación de la sociedad por la vía democrática». Y esto sirve de preludio a los acontecimientos de junio de 1849: y los explica totalmente. «Tan pronto como hay que romper el fuego, la estrepitosa obertura que anunció la lucha se pierde en un pusilánime refunfuñar, los actores dejan de tomar en serio su papel y la acción se derrumba lamentablemente». La verdadera y profunda aversión que el proletariado de junio de 1848 desarrolla contra la pequeña burguesía democrática será más fuerte que los aclamados «grandes intereses comunes». Y por primera vez un movimiento autónomo, de clase, de los proletarios, de los obreros, escapa del control y la previsión de la lógica formal democrática.

Los demócratas reconocen que tienen enfrente a una clase privilegiada, pero ellos, con todo el resto de la nación que los circunda, forman el pueblo. Lo que ellos representan es el derecho del pueblo; lo que les interesa es el interés del pueblo. Por eso, cuando se prepara una lucha, no necesitan examinar los intereses y las posiciones de las distintas clases. No necesitan ponderar con demasiada escrupulosidad sus propios medios. No tienen más que dar la señal para que el pueblo, con todos sus recursos inagotables, caiga sobre los opresores.

Pero sucederá que, en la practica, «sus intereses resultan no interesar y su poder ser impotencia», el pueblo indivisible aparece escindido en campos enemigos. «Das unteilbare Volk in verschiedene feindliche Lager spalten». A partir de este momento, cada agitación del pueblo estará condicionada por los movimientos de la clase obrera. Las masas populares ya no tienen independencia frente a los obreros. Las luchas del pueblo ni siquiera existen sin la lucha obrera. Lo jefes del pueblo se muestran impotentes sin la fuerza de los obreros. La socialdemocracia perdió para siempre su autonomía política: a partir de ahora, o parecerá como función del capital, o como primario y consciente instrumento del poder obrero. Lo que Marx llama «caída de las ilusiones democráticas» no es un hecho objetivo consecuencia de la derrota de 1848, sino una iniciativa que subjetivamente los mismos obreros que habían sido derrotados toman frente a sus viejos, falsos aliados. Esto significa el 13 de junio de 1849; el momento en el que por primera vez aparece como forma especifica de lucha obrera el rechazo de la lucha democrática, la respuesta pasiva de los obreros ante la propuesta pequeñoburguesa de limitar sus demandas dentro de los margenes de la democracia. No será, por lo tanto, un error -como afirmaron Maencgen-Helfen y Nicolajesvki-, sino otro fruto lucido propio de la «inteligencia analítica» de Marx, este juicio realizado el día después del acontecimiento decisivo de 1849 en París: «Por mala que sea en estos momentos la situación, me situó aun entre las personas satisfechas. Las cosas van muy bien, y la Waterloo sufrida por la democracia oficial puede ser considerada una victoria» (carta de Marx a Weydemeyer, de 1 de agosto de 1849).

Lenin, dadas las necesidades de su lucha, a su manera, debía de haber considerado este pasaje. En el prefacio de la edición rusa de las cartas de Marx a Kugelmann pone de relieve, no sólo la defensa entusiasta de Marx de la nueva insurrección de los obreros parisinos, contenida en la carta del 12 de abril de 1871, que, según él, debería estar colgada en la habitación de cada revolucionario, «de cada obrero ruso que sepa leer». Pone de relieve otro elemento, ademas de éste.

Por lo visto, Kugelmann expreso en su respuesta a Marx algunas dudas, alegando lo desesperado de la empresa, el realismo en oposición al romanticismo; al menos, comparó la Comuna, o sea, la insurrección, con la manifestación pacifica del 13 de junio de 1849 en París. Marx dio a vuelta de correo (el 17 de abril de 1871) una severa respuesta a Kugelmann.

Así lo describe Lenin, y continua de la siguiente manera:

En septiembre de 1870, Marx calificaba la insurrección de locura. Pero cuando las masas se sublevan, Marx quiere marchar con ellas, aprender al lado de ellas en el curso de la lucha, y no darles instrucciones burocráticas. Comprende que las tentativas de tener en cuenta las probabilidades por adelantado y con toda precisión no serán más que charlatanería o vacua pedantería. Coloca por encima de todo el que la clase obrera hace la historia universal con heroísmo, abnegación e iniciativa. Marx enfocaba esta historia desde el punto de vista de quienes la protagonizan… Marx sabía apreciar también que en la historia hay momentos en que la lucha desesperada de las masas, incluso en defensa de una causa condenada al fracaso, es indispensable para que estas masas sigan educándose y preparándose para la próxima lucha.

Entonces Marx reprendió severamente a Kygelmann: «No llego a comprender cómo puedes comparar las manifestaciones pequeñoburguesas del 13 de junio de 1849 con la actual lucha en París. Desde luego, sería sumamente cómodo hacer la historia universal si sólo se emprendiera la lucha cuando todas las probabilidades fueran infaliblemente favorables». Las condiciones de la lucha, debido a la presencia de los prusianos en Francia, eran ciertamente desfavorables para los obreros. Los«canallas burgueses de Versalles» lo sabían.

Por eso pusieron a los parisinos ante la siguiente alternativa de aceptar el reto a la lucha o entregarse sin luchar. En este último caso, la desmoralización de la clase obrera hubiera sido una desgracia mucho mayor que la pérdida de un número cualquiera de «jefes». La lucha de París ha llevado a una nueva fase la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista y su Estado. Cualquiera que sea el resultado inmediato, ha permitido conquistar un nuevo punto de partida, de una importancia histórica universal.

Todos los consejos políticos de Marx a los communards se dirigen hacia una resolución más decisiva, más violenta, más improvisada de la lucha abierta. «No se quería desencadenar la “guerra civil”» y «si sucumben, será unicamente por haber sido demasiado “generosos”», hasta el clásico «debieron haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles», que reaparecerá a partir de ese momento en cada lucha decisiva, en cada enfrentamiento directo, como consigna del punto de vista revolucionario de los obreros, frente a la llamada oportunista de los jefes obreros de siempre que piden moderación. No podemos pensar que el rechazo pasivo a luchar por las reivindicaciones democráticas sea la única forma especifica de lucha obrera. Sólo es una de las formas. La forma que siempre automáticamente la acompaña es el rechazo activo a dejarse ganar sin involucrarse en la batalla. Y esto lleva siempre consigo, cueste lo que cueste, la búsqueda del enfrentamiento abierto, en el terreno de la lucha de masas. En el primer caso se deja que diversas facciones de la clase de los capitalistas liquiden sus cuentas pendientes entre ellas; se ahorra, se conserva intacta la fuerza obrera, con el fin de usarla en un nuevo nivel, más elevado, de la lucha. En el segundo caso, el ajuste de las cuentas pendientes se produce directamente entre los obreros y el gran capital: en esta ocasión entra en juego todo el potencial de lucha acumulado hasta el momento, y únicamente de la cantidad de este potencial y de su organización dependerá el grado de la violencia. Sólo una reivindicación se lleva adelante, una reivindicación que niega todas las demás, y que se niega, por lo tanto, a sí misma con éstas: no es, de hecho, una reclamación subjetiva de los obreros, sino una consecuencia histórica, simple y necesaria de su propia existencia, de su presencia como clase. En el Discurso inaugural de la Primera Internacional (1864), Marx establece lo siguiente: «La conquista del poder político se ha convertido en el gran deber de la clase obrera». La experiencia de la Comuna adquiere más importancia como ensayo general de este deber que como modo particular de la organización del poder: la Comuna es «la hazaña más gloriosa de nuestro partido después de la insurrección de junio» y «la primera revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única clase capaz de iniciativa social». Los textos de Marx sobre la Comuna son a menudo considerados como parte de sus obras «históricas». Se olvida que son Discursos del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia. La definición de la Comuna como «gobierno de la clase obrera» no es una revelación empírica y mucho menos un juicio histórico, es una simple consigna política, es «la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo». El proletariado de las primeras obras de Marx, fuerza destructora del viejo mundo, se ha convertido en clase obrera, potencia social que arrebata fríamente de las manos de los capitalistas el arma ofensiva del poder. Ha cambiado la forma política, se ha transformado la composición social, se ha desplazado y ha crecido el peso económico en las estructuras, el nivel de las luchas ha dado pasos hacia delante: todo esto se ha producido en el interior de ese cráter revolucionario en erupción permanente que es la clase de los obreros. Pero el objetivo, la meta, el programa con el que afrontar y derrotar la podredumbre del viejo mundo, que por otro lado no es diferente, sino idéntico a las formas sociales mas modernas y al mas moderno aparato de poder del capital -todo esto permanece idéntico una vez que los proletarios se han convertido en obreros y demuestra otra cosa: que sobre el terreno político existe y debe efectuarse continuamente el camino inverso, de las modernas formas obreras a las primarias formas proletarias de la lucha de clases, sino se quiere continuar dentro del juego verdaderamente aparente de una concertada evolución «conflictiva» de las relaciones entre las dos clases enemigas.

El Elemento que unifica las formas de lucha se halla siempre en el objetivo, en la meta, en el programa. Esto es lo que no cambia y no puede cambiar. A este respecto, Marx repetía en 1871 casi palabra a palabra lo que había afirmado en 1843.

La clase obrera no esperaba de la Comuna ningún milagro. Los obreros no tienen ninguna utopía lista para implantarla par décret du peuple. Saben que para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos, que transformaran las circunstancias y los hombres. Ellos no tienen que realizar ideal alguno, sino simplemente liberar los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno.

Así, la tarde del 13 de junio de 1849, cuando los miembros más activos del proletariado asisten desde las aceras a la manifestación de los demócratas, y la mañana del 19 de marzo de 1871, «cuando los hombres oscuros del comité central se encuentran solos para gobernar París», aportan dos formas opuestas y especificas de lucha de la clase obrera, dos modelos-limite dentro de los cuales se sitúa una serie infinita, extraordinariamente variada y llena de nuevas invenciones «técnicas» relativas a los modelos prácticos de aplicación de esas formas elementales, que, como tales, permanecen como expresión acabada, en el ámbito político, del antagonismo obrero. Para la reconstrucción que estamos buscando del punto de vista obrero, el análisis de las formas de lucha es un paso importante sobre el que será necesario insistir a menudo en el futuro con investigaciones particulares. Una vez eliminado el problema del objetivo que se proponen los obreros, no podemos comprender qué es la clase obrera si no vemos cómo lucha ésta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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